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Introducción


El historiador Maurice Keen, en su conocido tratado sobre “La Caballería”, nos dice que desde los primeros tiempos las fuerzas militares habían utilizado insignias de una u otra clase para reconocerse en el combate. En la edad media los caballeros, forrados de hierro de los pies a la cabeza, trocaron las pinturas decorativas de sus escudos en señales de reconocimiento de la identidad del combatiente, más con el afianzamiento de los linajes a partir del siglo XIII los escudos de armas se convirtieron en hereditarios, regulándose por unas reglas bien definidas por los Heraldos y Reyes de Armas. Se convirtieron así en unas insignias familiares a las que los caballeros tenían derecho por herencia y con ello fueron algo mucho más que una simple marca de reconocimiento; pues en los blasones familiares estaba depositada la historia y el honor del linaje, convirtiéndose así en modelos de virtudes heroicas, mediante una simbología muy precisa, a las que el nuevo caballero debía honrar y nunca cometer acto alguno que pudiera difamarlas.

El heraldista español Pedro José de Aldazaval, en su “Arte de Escudos de Armas”, sostiene que fue precisa la invención del arte del blasón para que por este medio se conservase en las familias el lustre y el honor de sus mayores, y su visión motivase a los interesados la imitación de sus hazañas gloriosas.

Según el heraldista francés Cadet de Gassicourt, en el libro “L'hermetisme dans l'art heraldique”, el símbolo es la base de toda religión, como lo es también de toda ciencia; pero si bien estos símbolos pueden ser vistos por todos los hombres, su interpretación suele estar reservada sólo a los iniciados. Dicho autor supuso que ocurría igual con la heráldica, pues los armoriales medievales estaban destinados a ser vistos por todos los hombres, por lo que importaba expresamente que sólo pudiesen ser comprendidos por los que tenían un mismo código de valores. En un mundo cargado de profundo simbolismo, como era el medieval, sería completamente contrario a toda lógica el suponer que sólo el azar haya podido dirigir la confección de las armerías, pues nadie compone un emblema sin saber qué quiere hacer representar. Es por ello perfectamente razonable el considerar que todos los muebles y piezas heráldicas que aparecen en los armoriales medievales no estaban elegidos al azar, ni su utilización respondía al capricho o simple fantasía del titular del blasón. Es de advertir que este teoría no es compartida por algunos heraldistas que sostienen que no tiene fundamento alguno y que únicamente responde a la fantasía e interpretación popular.

Robert de Viel, en “Les Origines Symboliques du Blason”, nos dice que la heráldica no es más que el reflejo de una época heroica de caballeros y torneos, en la que el rostro de los combatientes estaba completamente oculto por el casco cerrado que llevaban, por lo que fueron obligados a adoptar signos distintivos que al transmitirse de generación en generación se convertirían en los primeros blasones heráldicos a comienzos del siglo XIII. Su utilización se encontraba estrechamente relacionada con la personalidad y características de su portador, de forma que estos blasones fueron como un libro abierto en el que los iniciados en este nuevo arte heráldico podían conocer perfectamente a quien pertenecían y cuáles eran las circunstancias o características de su portador.

Pascal Gambirasio, en “La Voi du Blasón: Lecture Spirituelle des Armoires”, sostiene que la heráldica se nos muestra como el retrato espiritual de su portador, invitándonos a profundizar en la historia, ideales y realizaciones de un linaje. El escudo de armas, que en la antigüedad se entregaba al aspirante de caballero, era una tabla de plata sin dibujo alguno, para que éste con sus hazañas y realizaciones lo fuera rellenando, hasta convertirlo en la imagen viviente de su vida que retransmitiría a sus sucesores, como un icono familiar que habrían de conservar y respetar las nuevas generaciones convirtiendo así en el signo de identidad y nexo de unión entre los miembros de un linaje.

Michel de Pastoureau, en “Figures de I'héraldique”, al hablar de la significación de los armoriales nos dice que el estudio de éstos no sólo nos permite conocer la identidad de los personajes que los utilizaban, sino que también reflejan cómo era la personalidad de éstos, lo que ha provocado la aparición en nuestros días de una nueva corriente de heraldistas que trata de estudiar cuáles fueron las razones que presidieron la elección de un cierto esmalte, partición o figura heráldica, a partir de las aspiraciones, creencias, modas o cultura de aquellos que compusieron o utilizaron dichos emblemas heráldicos. Tenemos tanto las armerías parlantes, o aquellas cuyos elementos están relacionados con el apellido, los hechos de armas o la fama de su utilizador, como las armerías imaginarias, pero todas ellas estrechamente relacionadas con la personalidad de su usuario por medio de un simbolismo heráldico, a la vez preciso y poético.

Nicolás Vernot, heraldista francés, tras analizar los numerosos escudos incluidos en el “Armorial General de France”, entre sus conclusiones nos dice que no le cabe la menor duda que las armerías fueron concebidas para la mayor gloria de aquellos que las llevan. No es un sistema emblemático individualista, pues diferentes figuras y motivos heráldicos escogidos para componer los blasones estudiados no han sido tomadas al azar, sino que responde a las aspiraciones sociales de las familias que las tomaron, por lo que constituyen una fuente preciosa para aproximamos al conocimiento de la mentalidad existente en cada época; lo que le lleva a definir a las armerías como un elemento esencial de la identidad familiar, ya que nos muestra cuales fueron las motivaciones familiares, ideológicas, profesionales. etc., vigentes en una determinada sociedad.

En consecuencia, podemos discernir que todas las figuras heráldicas del blasón están cargadas de una profunda simbología. En toda figura hay dos elementos, el natural, o significado que dicha figura tiene en el mundo real, y el fantástico, o valor que representaba en la mentalidad de los hombres que hicieron posible el desarrollo de la heráldica. Mientras que el primero suele venir perfectamente definido en las leyes de la zoología, la botánica o de las ciencias naturales, el segundo ha ido variando según los mitos y creencias de los hombres.

Sin embargo, al valor simbólico de cada figura se debe de añadir aquél que comporta la posición o atributos con que se representa. En principio toda figura tiene un aspecto positivo y uno negativo, no es lo mismo un león dibujado alzado en posición amenazadora, o rampante, que si lo dibujamos acostado, herido o mutilado. Ello no significa que el portador de dicho blasón se sirva del león en el primer de los casos para ensalzar su linaje y en el segundo para infamarlo, si no que unas veces utilizará dicha figura heráldica en un aspecto «activo», asimila su coraje o dignidad de su estirpe a un león, mientras que otras lo realiza en un aspecto «pasivo», pues tan importante ha sido su estirpe que ha derrotado leones, de ahí que se sirva de ellos como de un trofeo de caza que se exhibe orgullosamente; lo mismo podemos decir de cualquier otra figura, aunque con las lógicas matizaciones.

A este profundo simbolismo de los blasones debemos añadir también la simbología propia que supone el número de unidades en que aparece representada dicha figura, pues si bien por regla general hay figuras que aparecen una sola vez en el escudo, ocurre en bastantes ocasiones que estas mismas aparecen repetidas dos, tres, cuatro, cinco, seis o más veces; con lo que se puede entrar así en la simbología que tienen estos números. Debemos recordar que las cifras desempeñaron un papel considerable en la Biblia, especialmente en el Apocalipsis, libro que ejerció la mayor influencia en la iconografía medieval, según el cual la idea divina moldea la figura del mundo sirviéndose de los números. La Patrística, sobre todo Orígenes y San Agustín, glosó todos los números bíblicos atribuyéndoles diverso significado, y otro tanto hicieron los comentaristas de la Biblia. Los hombres de la Edad Media estaban muy influenciados por los tratados de Geometría y Aritmética que formaban parte de las enseñanzas básicas, denominadas el trivio y el cuadrivio que se enseñaban en las Universidades de la época, según nos dice Beigbeder en su obra “El léxico de los símbolos”.

1º) El número uno, la unidad, es el que mejor representa tanto lo humano como lo divino. Este el número en que aparecen dibujadas la mayoría de las figuras zoomórficas, antropomórficas y vegetales, así como los castillos y torres, soles, cruces, etc.

2º) El número dos significa la unión de dos principios contrarios, como el cuerpo y el alma; si bien su uso como signo de identidad por parte de la herejía albigense, basada en el dualismo maniqueista centrado en la oposición entre el principio del bien y el del mal, haría que la utilización de este número en la heráldica, cuando se trataba de seres vivientes, quedara en entredicho, por ser considerada como una apología herética y sus usuarios sospechosos ante las autoridades eclesiásticas. La solución gráfica estuvo en transformar la dualidad en una unidad, pues así ya no existe oposición, como pretendían los albigenses, si no complementación, fusionándose en una sola idea, como los dos brazos de la cruz. Así cuando una figura animal se repite dos veces, se recurre a fusionarse en una sola figura, mirándose cara a cara; lo que en heráldica se denomina afrontados, postura en la que suelen aparecer en todas las armerías europeas los leones, lobos, perros u otros animales cuando se dibujan por parejas. Si bien en el caso de las armerías hispánicas se dan en ocasiones las figuras pasantes, como en el caso de los lobos que corren en la misma dirección uno encima de otro, en la que el lobo superior o montante domina al lobo inferior o escachante; lo cual tal vez habremos de verlo como un gesto de rechazo a la alianza de los monarcas Capetos con los Papas de Aviñón, ambos tradicionales enemigos de la hegemonía española.

3º) El número tres corresponde a la Trinidad, representada en la figura de un triángulo equilátero. Mas sería pretencioso tratar de imitar el triángulo divino para representar el orgullo de un linaje, por lo que siguiendo el ejemplo de San Pedro, al hacerse crucificar cabeza abajo por indigno de adoptar la misma postura que Jesucristo, el triángulo heráldico será un triángulo invertido con el vértice en la parte inferior del mismo; así normalmente cuando se representen tres figuras será normalmente colocando dos arriba y una abajo como los vértices de un triángulo invertido, lo que en heráldica se denomina bien ordenadas.

4º) El número cuatro es el número del Tetramorfos, formado por los cuatro evangelistas; también cuatro son los ríos que parten desde el centro del paraíso (Pisón, Geón, Tigris y Eúfrates) y riegan las cuatro partes de la tierra, tal y como aparecen representados en los antiguos planisferios medievales. Así, cuando se repita cuatro veces una figura en el escudo habrá de colocarse de dos formas posibles, bien adoptando la posición que ocupan los cuatro extremos de los dos palos que forman la cruz en que murió Jesucristo, en recuerdo del espíritu cristiano del portador de dicho blasón; lo que en heráldica se dice en cruz. O bien acompañando a una cruz simbólica, colocándose en los extremos que sus palos dejan libres, es decir una en cada uno de los cuatro cantones del escudo, a fin de representar el deseo de extender el reino de Cristo por todo el orbe; lo que en heráldica se dice cantonada de...

5º) El número cinco se corresponde con los cinco guijarros que David utilizó para derribar al gigante Goliat, las cinco llagas de Cristo, los cinco sentidos del hombre; su representación en heráldica es a través de la figura del sotuer o aspa, por lo que cuando se represente cinco veces la misma figura en un blasón habrá de ser en sotuer.

6ª) El número seis se corresponde con los días de la Creación, según nos dice la Biblia. Primero no había nada, ni tierra ni cielo; en los tres primeros días, Dios creó la luz, el cielo y la tierra, por lo que formarían la columna básica de la creación del mundo. En los otros tres días, Dios llenó de seres la creación, aportando a la misma los astros, los seres vivientes y el hombre, como si fuera una segunda columna. Por lo tanto, la mejor representación de la obra divina serían dos columnas de tres elementos cada una; por lo que cuando en heráldica se representen seis figuras repetidas habrán de colocarse en esta posición.

7º) El número siete se corresponde a las fases narradas por el Apocalipsis, tan presente durante toda la Edad Media. Número mágico que se inicia con los siete días de la semana, las siete edades del hombre, las siete obras de misericordia, los siete sacramentos, las siete horas del rezo canónico, los siete sabios de Grecia, las siete disciplinas del saber (el trivium y el cuadrivium). Hemos encontrado este número en la representación de estrellas, lises, castillos, moharras, cabezas de moro, etc., sin que tenga una disposición fija, pues unas veces van ubicados en forma de orla, otras en dos columnas de tres elementos y uno arriba, y otras en tres columnas de dos, tres y dos elementos.

8º) El número ocho simboliza el renacimiento que experimenta el hombre tras ser bautizado; de ahí que en heráldica se utilice en cuanto al número de elementos repetidos que se cargan sobre una bordura, dado el carácter de éstas como brisura para diferenciar el nacimiento de nuevos linajes de un tronco común. Así éste es el número más frecuente con que las aspas, lises, escaques, estrellas o bezantes aparecen cargados en las borduras.

9º) El número nueve es el número de los coros angélicos, pues repite tres veces el número de la Trinidad. En heráldica lo hemos encontrado algunas veces para representar panelas, lises, corazones, lobos y calderas. Su ubicación es normalmente en tres columnas de tres elementos.

10º) El número diez es el de los mandamientos del decálogo, el número de cuerdas del salterio del rey David, como personificación del cantor divino que dirige las músicas celestes. En heráldica lo encontramos en diversas figuras repetidas diez veces, como torres, roeles, bezantes, estrellas...

11º) El número once es ambivalente, pues si bien de una parte simboliza el pecado, por traspasar la barrera de los diez que es la cifra del decálogo, tal y como el pecado es la transgresión de la ley, de otra parte corresponde también a la cifra de los Apóstoles que se mantuvieron fieles tras la traición de Judas, por lo que este número es el que mejor simboliza al hombre capaz a la vez de todas las virtudes y de todos los defectos.

12º) El número doce, es el número de los Apóstoles y el de los trabajos de Hércules. Es también el de los meses del año, además según la tradición medieval, el día se dividía en doce horas diurnas y doce nocturnas cuya duración variaba según las estaciones del año, así en invierno las horas del día eran más cortas y las de la noche más largas, situación que se invertía al llegar el verano. Esta cifra la hemos encontrado en los escacados y campanadas, así como entre las hojas y las almenas.

13º) El número trece es un número maléfico al que ha menudo se le ha asociado con la obligación del trabajo impuesta al hombre tras el pecado original. Lo hemos encontrado en heráldica asociado a las veces en que aparecen repetidos roeles, bezantes y estrellas.

14º) El número catorce es una cifra de marcado cariz genealógico, pues el Evangelio según San Mateo comienza con la genealogía de Jesucristo, dividida en tres fases de catorce generaciones cada una (Mateo 1, 1-17). Este número aparece usualmente en las aspas y estrellas que aparecen cargadas sobre una bordura.

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Bibliografía empleada

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